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sábado, 5 de marzo de 2016

EL FEO,EL BUENO Y EL MALO

Vamos de mal en peor. Se esperaba que del 20-D saliera un Gobierno de progreso impulsado por la nueva cultura del pacto que nos encaminaría hacia una II Transición. Pero en su lugar nos hemos topado con un foso que ha cegado cualquier posibilidad de acuerdo e impone la regresión hacia el clima destructivo de la II República.
El debate de investidura seguía el guión de El bueno, el feo y el malo (Sergio Leone, 1966), quedando todos los actores muy en su papel. Del feo no hace falta hablar, pues ya está amortizado por su propia desidia. Pedro el bueno, a pesar de la escolta de Rivera, ha sido laminado por sus dos flancos, dada la necesidad de ofrecer la otra mejilla que le hizo quedar como un cándido. Y eso dejó todo el protagonismo a Pablo el malo, quien se quitó el disfraz de Dr. Jekyll para sobreactuar en su papel de feroz Mr. Hyde. Quizá por narcisismo, quizá por inseguridad, lo cierto es que el carácter del señor Iglesias le conduce a parecerse cada vez más no tanto a Mr. Mourinho (el “puto amo”) como al señor Aznar.


Por eso queda claro quién tenía que ganar el debate, puesto que se enfrentaban las dos caras del liderazgo que ya glosó Maquiavelo en el capítulo XVII de su Príncipe: “De la crueldad y la clemencia y si es mejor ser amado que temido o ser temido que amado”. Y el veredicto del florentino es concluyente: “Parece mejor ser amado, pero el amor depende de la voluntad de los ciudadanos, no de la del príncipe, mientras que el temor solo depende de su propia voluntad”. Fin de la cita.
El problema es que la crueldad de Pablo no solo ha dejado en evidencia la bondad de Pedro sino que además ha destruido las esperanzas de regeneración democrática, haciéndonos regresar al pasado más aciago. Se defraudan las esperanzas de regeneración porque con su negativismo rompe con el principio de representación política reivindicado por el 15-M.
La desafección ciudadana se debe a la percepción de que los políticos no sirven a los intereses de sus representados sino a los de sus propios partidos. Es evidente que a los ciudadanos les hubiera convenido que Iglesias aceptase el programa de Sánchez, que incluía un plan de rescate inmediato, en lugar de aplazarlo hasta las calendas griegas (véase Syriza). Pero Podemos prefiere priorizar sus intereses partidistas, traicionando los de la ciudadanía.
Y la regresión hacia el pasado aún parece peor. La furia antisocialista de Iglesias, con las fracturas divisionistas que introduce en la izquierda española, nos retrotrae hacia el clima imperante de luchas intestinas entre las distintas facciones de la izquierda frentepopulista que hicieron fracasar a la II República, destruyendo de paso la tercera España centrista.

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