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miércoles, 7 de junio de 2017

¿Recreación, adaptación o nueva versión de los clásicos?



ALBERTO OJEDA | El Cultural




El fondo de armario de nuestro teatro clásico se caracteriza porque, paradójicamente, no tiene fondo. Lo que tiene es una profundidad abisal. Carlos Aladro la ilustra con datos: “Las obras de Lope no se pueden ni contar de tantas que son. Muy pocos países pueden lucir ese bagaje. El de los ingleses, por ejemplo, es infinitamente más pequeño: tienen a Shakespeare con sus 37 obras y luego un grupo de autores que, juntos, suman un centenar. Aquí un centenar lo escribió el más lento. Por eso la Biblioteca Virtual Cervantes no da abasto”. El director de Clásicos en Alcalá tiene muy clara cuál es su responsabilidad: “Informar a nuestros contemporáneos de esa grandeza, que no es solemne ni ritual, sino humana, empática y espiritual...”. Natalia Menéndez, directora del Festival de Almagro, suscribe esa intención, consciente de las graves negligencias procuradas hacia nuestro legado dramático: “El siglo de oro sigue siendo un gran desconocido para el público actual”.

Ambos, reunidos por El Cultural en el Círculo de Bellas Artes, están a punto de empezar a exhibir sus programaciones. A Aladro le ha tocado rematar la de Clásicos en Alcalá a la carrera ya que fue nombrado en enero, poco después de asumir la dirección del Festival de Otoño. “Vivo una bonita esquizofrenia entre lo clásico y lo contemporáneo”, bromea. “En realidad mi proyecto será una continuación del trabajo que ya desarrollé en el Corral de Comedias de Alcalá durante casi siete años. Mi enfoque es muy amplio. No se concentra exclusivamente en el barroco”. Su idea es documentar también sus raíces (el prebarroco) y sus ramificaciones (la segunda mitad del XVIII y el XIX). “Todo con una mirada del siglo XXI, porque si volvemos a los clásicos es precisamente para hablar de los problemas de hoy”. 

Y cita como ejemplo más nítido de esa filosofía el Hamlet de Boris Nikitin, que parte del texto shakesperiano para articular una performance sobre sus propios conflictos éticos, identitarios (hablamos de un director suizo-francés-ucraniano), políticos, sexuales... “Me golpeó en la cara cuando lo vi en vídeo. Es una puesta al día del dilema de Hamlet, de su inadaptación, con un cuarteto barroco de fondo”. La mirada de Aladro, queda claro, es radicalmente contemporánea. Más ecléctica es la de Almagro. “Nuestro festival es famoso por su pluralidad”, apunta Menéndez, que lleva ocho años al frente de la cita manchega. “Oscilamos desde lo más canónico a lo más experimental, que tiene sus secciones específicas, como After Classics y Almagro Off”. Aunque en el Corral de Comedias también se cuelan montajes peculiares, como La Calderona. The Remix, en el que la compañía Yllana narra en clave hiphopera la historia de María Calderón, afamada actriz del siglo XVII y amante de Felipe IV. “Lo del hip hop en realidad no es un riesgo. Podemos dejarlo en aventura, porque es un lenguaje con una métrica musical que se adapta muy bien al octosílabo español. Un riesgo es el Romeo y Julieta + Nacahue del mexicano Juan Carrillo, que combina el español y el cora, una lengua indígena”, dice Menéndez. 

Estas propuestas traen a colación una pregunta: ¿hasta dónde se puede actualizar un clásico sin desvirtuarlo? ¿Hay alguna frontera? “Yo creo que no las debe haber”, responde Menéndez. “Digamos que hay tres maneras de acercarse a este repertorio: a través de una recreación museística, de una adaptación o de una versión. Todo es lícito. Es una cuestión de pálpito y esencia. Las que tuvo el autor original no pueden desaparecer, independientemente de la opción elegida”. Aladro parece un poco escamado por este debate. “Lo veo obsoleto. Ya es hora de superarlo. De fondo hay un problema de comunicación con el espectador. Si pones Hamlet en la puerta del teatro y lo que ve luego la gente se aleja mucho de sus expectativas, ya tienes la polémica montada. Por eso hay que poner las cartas boca arriba desde el principio, explicar el nivel de riesgo al que estás invitando a los potenciales espectadores. Esa es nuestra responsabilidad como programadores, que nos movemos entre el público y los creadores. Pero la obra de arte ha de ser libre por principio. Además, hoy no es asumible que tengamos que hacer un espectáculo tal cual se hizo en su época”. 

Lo que no es asumible tampoco para Menéndez es la escasez de recursos con los que debe armar cada verano el cartel almagreño. Su presupuesto se ha visto sometido a constantes recortes. “Yo este año hago el festival con un millón menos que el director anterior en su última temporada. De casi 2,6 millones hemos pasado a 1,5”, explica. Tal carestía le ha llevado a amenazar con marcharse si no recibía más fondos. Es probable, de hecho, que esta sea su última edición, detalle que se niega a aclarar antes de que termine el festival. Para atraer apoyos de entidades privadas (y para alcanzar mayor autonomía respecto a la administración) ha convertido el festival en una fundación, un modelo que anhelan tantas instituciones escénicas esclerotizadas por la burocracia. Entre sus méritos también está el de haber enjugado su deuda histórica. “De cada euro que se invierte hoy en Almagro se generan 5 de beneficios”, advierte a políticos todavía dudosos de su rentabilidad económica. Amén, claro, de la humanística, que Aladro se lanza a subrayar: “Conocer este legado nos ayuda a afrontar la complejidad del mundo de hoy. Si no enseñamos a nuestros hijos quienes fueron Garcilaso, Lope, Ortega…, ¿qué les vamos a enseñar? ¿Quién es Ronaldo? Pues con todos mis respetos, no es lo mismo”.

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