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miércoles, 25 de septiembre de 2019

Estamos con Iñaki Gabilondo


La decisión del Supremo sobre los restos de Franco nos quita de encima una gran vergüenza colectiva. Hemos vivido durante 40 años con patológica naturalidad la anomalía que significaba su tumba en el Valle de los Caídos que ya es a su vez otra anomalía gigante. Ninguna democracia del mundo permitió que un dictador fuera enterrado en un mausoleo público y ninguna necesitó, por cierto, acudir a una ley de memoria histórica o algo parecido. A todos les fue suficiente con el sentido común.
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Ya es de traca que los familiares de Franco, que se han paseado como celebrities por todos los escenarios de la popularidad nacional y han disfrutado sin reparos de las fortunas heredadas del dictador, se muestren ofendidísimos y hablen de dignidad para estirar la pelea hasta el límite. Como tantos años de aceptación de la vileza nos ha envilecido, tampoco hemos acompañado este proceso, que ha de conducir a la exhumación de los restos de Franco, con la seriedad que merecía la reparación de nuestro bochorno. Lo hemos seguido como quien asiste a un vodevil político y se divierte con el laberinto jurídico y los apuros del gobierno.
Todos los demócratas, sea cual sea la opinión sobre Sánchez, deberíamos agradecerle que haya puesto fin a una situación inaceptable que se tragaron sin pestañear SuárezCalvo SoteloFelipe GonzálezAznarZapateroRajoy y usted y yo. Es decir, todos los que no tuvieron ni la voluntad ni los arrestos para meter la mano en este avispero y todos los que no tuvimos la conciencia cívica para exigírselo.

La decisión del Supremo no reabre una herida, cierra una indignidad. Ahora solo falta el visto bueno del juez Yusty que tiene que levantar el bloqueo que impide la obra de apertura de la tumba. Confiemos en que sus simpatías franquistas pesen menos que los argumentos del Supremo.
 

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